Monotonía voluntaria

Miércoles, 6 de la mañana y todo el día por delante, así se levantó aquel día, esperando algo excepcional pero sabiendo que la rutina con casi total seguridad le atraparía sin ofrecerle la posibilidad de escapar, pero aún así, bajó un pie de la cama, luego el otro y caminó hacia la cocina.

Agua en el depósito, abrir la caja de los filtros y poner el filtro de papel en la cafetera, llenarlo con el paquete ya abierto de café… – Mal empezamos, esto parece el día de la Marmota. Aún sí se preparó el café, lo dispuso en un vaso de cristal, y portátil en una mano, café en la otra, comenzó el repaso de la prensa diaria, como todos los días.

Después ducha, vestirse, bajar al garaje, subir al coche y a disfrutar del atasco, al menos, eso iba pensando de camino a la ducha.

En el baño, la radio siempre presente, que más que ser escuchada tenía la función de hacer compañía en las frías mañanas de noviembre, pero que cumplía su misión. Mientras en la radio sonaba alguna canción no reconocible pensaba en qué podía hacer para que cada día fuera un poco diferente al anterior, pero quiso ir más allá, quería un día diferente y que le aportara, que le aportara algo a nivel personal, la cosa se ponía complicada, aunque no imposible.

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Obsesionado con El Muro

Daddy’s flown across the ocean
Leaving just a memory.
A snapshot in the family album.
Daddy, what else did you leave for me?
Daddy, what d’ya leave behind for me?
All in all it was just a brick in the wall.
All in all it was all just bricks in the wall.

Esta estrofa no paraba de sonar en su cabeza, no podía dejar de pensar en Pink, el protagonista de la película The Wall, sí sí, aquella que le pone imágenes al disco de Pink Floyd. En la escena en la que esta estrofa sonaba Pink empezaba a construir su propio muro mental que le aislaría de todo con el objetivo de aislarse de ese Mundo que le había arrebatado a su padre durante la Segunda Guerra Mundial.

Roger Waters fue la persona que ideo estos versos, casualidad o no resulta que el padre de Waters también murió en la segunda Guerra Mundial y quizás, sólo quizás, ese niño fuera Waters, aunque eso sólo lo sabría él.

Ahora estaba aquí sentado, pensando en su paciente, un niño de 12 años que poco a poco se iba aislando, nadie de su familia había muerto, simplemente se estaba empezando a aislar, algo no funcionaba en su cabeza, o a priori eso decía el informe de su psicólogo anterior, pero no decía el por qué, sí, muchas teorías, muchas posibilidades, el entorno no ayudaba, pero el entorno era bueno, o eso parecía.

Ahí sentado delante de sus apuntes se sentía ahogado, ahogado por la sensación de tener que hacer algo, aunque sus 2 años de psicología inacabada no le daban demasiadas herramientas, la falta de experiencia, de formación, al final, no se trataba más que de un ejercicio de clase, realmente ¿aquel niño existía?, ¿habría existido alguna vez? o simplemente el ejercicio se escribió mientras alguien escuchaba el disco de Pink Floyd, quien sabía, pero el ejercicio estaba ahí y había que hacerlo, al menos intentarlo, sólo era un ejercicio de clase, nada más, un ejercicio.

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Rojo sobre verde, buscando el tiempo

Hoy viendo la imagen que tenéis a la izquierda se me ocurrió una historia, empezó al fotografía a darme vueltas en la cabeza y acabó construyéndose en forma de relato corto. En él, aunque escrito en primera persona, explico la historia de una persona que de repente nota como se para el tiempo, todo lo que tiene a su alrededor se ha parado y comienza a investigar por qué se ha parado el tiempo para todos menos para él.

El problema es que al final descubre que no se ha parado el tiempo, que es otra cosa lo que ha pasado, pero para saberlo os tendréis que leer el cuento.

Espero que os guste.


Los primeros colores

La misma luz, el mismo aspecto, el mismo olor, el pueblo seguía igual, todo estaba exactamente igual, pero algo no cuadraba, algo era diferente; el sonido, el ruido de siempre había desaparecido.

El reflejo de las casas rojas sobre el río y el verde de las plantas y los árboles eran más intensos, por no hablar del azul del cielo, nunca había visto un azul tan intenso.
La sensación era maravillosa, unos colores vivos que quizás ocultaban los sonidos que antes estaban.

Una extraña paz el observar el agua del río inmóvil, al igual que las plantas; quizás el viento había decidido no trabajar hoy.

Contemplando el entorno de una forma diferente a cómo pude haberlo visto nunca antes me di cuenta de otro detalle, las nubes, no se movían, estaban también quietas, pero quizás lo más extraño era sentir el silencio.

No le di demasiada importancia a la quietud absoluta que reinaba el pueblo, la sensación de estar ante una fotografía era enorme.

Decidí caminar hasta la casa, que descansaba sobre roca caliza en linde del curso del río, el día había sido duro y un café y un poco de lectura serían el mejor remedio para poder recuperar el descanso.

Llegué a la puerta de la casa, más roja de lo que nunca había podido contemplar. La casa descansaba sobre un marcado verde del césped, toda una delicia poder observar esa gama de colores, era una vivaz tonalidad, tan intensa que no podría nunca olvidarla.

La cafetera metálica estaba resplandeciente y me dispuse a abrirla para colocar el agua y el café en la parte inferior, posteriormente la cerré enroscándola y la dispuse sobre un fuego eléctrico, a los cinco o seis minutos el olor del café inundaba la casa y supe que era el momento de servirlo y comenzar con la lectura.

Preparé el café con un poco de leche y me situé en un butacón en el salón dispuesto a comenzar la lectura, por la ventana nunca había podido ver esa tonalidad azul en el cielo, cuanta belleza.

Abrí el libro por la primera página, un libro comprado de saldo del que no tenía más información que la portada, en la que se podía ver una ilustración en blanco y negro de un señor de avanzada edad sentado en un banco. Me atrajo la calma que respiraba la portada, ese abuelo sentado en el banco en un fondo color hueso, nada más, una portada más sencilla sería complicado encontrarla.

Eran las cinco y cuarto, pegué el primer sorbo del café y comencé la lectura, sin demasiado interés en las palabras, quizás sólo buscaba relajarme un rato.

Al cabo de un rato había leído ya 25 páginas y me había terminado el café, no estaba mal el libro, había comenzado explicando la vida de un hombre que acababa de ser despedido de su trabajo después de 40 años trabajando en la misma fábrica y había decidido tomarse unos días libres antes de comenzar de nuevo la búsqueda de empleo; miré el reloj, que raro, marcaba todavía las cinco y cuarto, se habría quedado sin pilas.

Cerré el libro y fui a prepararme otro café, la cafetera era de 3 ó 4 servicios, así que todavía quedaría suficiente para otro, lo preparé y me fijé en el reloj de la cocina, que raro, también marcaba las cinco y cuarto.

Volví al sofá y puse la televisión para saber qué hora era más o menos, el estar sin reloj tiene el problema de no saber qué hora sería, pero aún era de día, no había peligro. La televisión no funcionaba, probé con la radio y tampoco funcionaba.

Pegué dos rápidos sorbos de café y decidí salir a comprar unas pilas, un poco de leche y algo para cenar, el mercado estaba cerca y si tenía suerte todavía lo encontraría abierto.
Cerré la puerta y comencé a caminar calle arriba en dirección al mercado; mientras podía seguir disfrutando de esos colores, aunque el silencio, que seguía presente me estaba empezando a angustiar, un rato estaba bien, pero llevaba sin escuchar nada desde que había llegado al pueblo.

Al poco rato llegué al mercado, extrañamente silencioso, cuando el bullicio era lo habitual del lugar, abrí la puerta y por fin pude ver gente, pero el impacto fue terrible, había mucha gente totalmente quieta, como si estuvieran congelados.

El mercado

Todavía no soy capaz de explicar lo que vi al entrar en el mercado y ver a unas treinta o cuarenta personas totalmente paralizadas, sin respirar, sin pestañear y quitas; pero sin duda la imagen que más me impactó fue la de un niño saltando, porque estaba saltando, ¡no estaba apoyado en el suelo!, ¡levitaba!

Salí del mercado tan rápido como mis piernas fueron capaces de moverse y de reaccionar mínimamente, era increíble y extraño.

De repente miré el cielo, me fijé bien, las nubes no se movían, estaban quitas, exactamente en el mismo lugar que estaban cuando llegué al pueblo y me metí en casa. El campanario de la iglesia marcaba en su enorme reloj las ¡cinco y cuarto!, igual que mi reloj, sin entenderlo empecé a correr para refugiarme en mi casa, fue una reacción sin sentido, como si tras las paredes de mi casa pudiera estar a salvo de algo, de algo que no comprendía.

Al llegar a casa cerré la puerta, las ventanas y me senté en el sofá bebiendo un vaso de agua bien frío y empecé a mirar por la ventana.

El río que pasaba a los pies de la casa no se movía, estaba quieto, incluso pude comprobar una gota de agua que estaba levitando, como el niño del mercado, sobre el río, miré el reloj de nuevo con la esperanza que la hora hubiera cambiado, pero no, seguían siendo las cinco y cuarto.

El intento de explicar que el tiempo se había parado no era creíble a priori; – Eso no puede ser. Me repetía una y otra vez, pero las evidencias eran muy fuertes.

Al poco o mucho rato, nunca supe con seguridad la cantidad de tiempo que necesité, decidí salir de nuevo en dirección al mercado.

Llegué al mercado y efectivamente, todo era como un cuadro, como una foto, una instantánea de un momento concreto.

Me senté en el suelo en el centro del mercado, entre la gente paralizada, para poder observar e intentar comprender qué me estaba pasando, cómo había llegado a esa situación y por qué yo me movía y los demás no.

Estuve unos minutos, quizás horas ahí sentado, no sería capaz de decir cuanto tiempo, pero ¿qué importa el tiempo?, en ese momento ya no tenía sentido hablar del tiempo, se había parado, o al menos esa impresión tenía.

Ya más tranquilo, salí a la calle, la luz era la misma, las mismas nubes, el mismo aroma, el mismo silencio, todo estaba igual y nada había cambiado, tal vez se fuera a quedar así para siempre.

Ni siquiera tenía hambre, pero tenía la sensación de llevar mucho tiempo fuera de casa y pensé en volver, así que emprendí la marcha, lentamente.

Siempre pensé que tal y como dijo Napoleón, el peor ladrón es aquel que nos roba nuestro tiempo, pero por algún motivo, alguien había decidido regalarme tiempo extra.

Pensé en el tiempo extra en el momento que comprendí que todos los que estaban a mi alrededor no estaban viviendo ese instante, quizás si lo vivían, pero lo que para ellos era un instante para mi podría ser una vida.

Llegué a casa con un sinfín de preguntas que no era capaz de auto responderme, quería llegar para sentarme poder analizar qué podía estar sucediendo, me senté en una silla pero me quedé dormido.

Las cinco y cuarto

Me levanté más tarde, miré el reloj y claro, eran las cinco y cuarto, como si ese dato me hubiera podido sorprender a esas alturas.

Salí a la calle, sin rumbo y sin destino y empecé a fijarme en pequeños detalles, como en los insectos, que también estaban quietos, o en el humo que salía de una chimenea cercana, estaba inmóvil también.

Hasta ese momento no empecé a pensar qué podría haber hecho que se parara el tiempo, por qué mi tiempo no se habría parado y por qué a las cinco y cuarto.

Decidí ir a la biblioteca para consultar todos los libros que pudieran ayudarme a entender qué estaba pasando.

La biblioteca estaba abierta, el bibliotecario sentado inmóvil en su puesto, dos personas leyendo la prensa en el hall y tres estudiantes ajetreados con sus libros y apuntes, todos congelados, una foto precisa del momento en el que todo se paró.

Fui a buscar un directorio temático y estuve buscando lo que a mi me parecieron horas y horas, pero no encontré nada fuera de relatos de ciencia ficción, la frustración empezó a apoderarse de mi y cabizbajo decidí salir a dar un paseo por mi congelado pueblo de rojizas casas, quizás intentando encontrar una respuesta en el ambiente, quizás intentando buscar alguna explicación, pero esta no llegó.

Así que me senté en un banco esperando la inspiración, una idea fugaz, un recuerdo que tratara de explicar el por qué de esta extraña situación, y me di cuenta que no era capaz de recordar nada concreto de un momento desde que salí de la oficina hasta que llegué a casa.

¿Por qué no era capaz de recordar nada del trayecto de la oficina hasta mi casa?, ¿qué había pasado en ese trayecto?, quizás, pensé, ahí podría estar la solución, o al menos una explicación, así que decidí ir a por el coche a la puerta de mi casa.

Llegué otra vez a mi casa, pero mi coche no estaba, que extraño, no podía haber llegado de otro modo a mi casa, la oficina está en el pueblo vecino y la única forma de llegar es en coche, algo estaba fallando ahí.

Después de pensar un rato decidí emprender el camino a la oficina caminando, eran unos 15 kilómetros, pero no creía correr el riesgo de que se hiciera tarde, de hecho, seguían siendo las cinco y cuarto y el rojo de las casas destacaba sobre el verde de los prados.

Empecé a caminar, sin prisa, pero sin pausa.

Al cabo de un buen rato pude ver mi coche, pero en muy mal estado, estaba estrellado contra un muro, el coche estaba destrozado, empecé a correr, no entendía nada.

Llegué al coche y pude verlo mejor, estaba descompuesto, a penas se podía reconocer, era un amasijo de hierros amorfo.

De repente noté una brizna de viento y miré por la ventanilla, ahí estaba yo.

Y fue en ese momento en el que descubrí que no se había parado el tiempo, simplemente se había terminado mi tiempo.

En ese momento desperté y vi que eran las siete menos cuarto de la mañana.

- Ese fue el sueño que tuve anoche doctor.

- ¿Sigue despierto?

El niño soñador de Machado

Aquel niño de pocos años que jugaba por la era, por los riachuelos y por los demás lugares que dibujaban el amable paisaje de su pueblo, para él único tenía una obsesión, un deseo y un querer; un caballo, un alado equino que le hiciera viajar más allá de las montañas, de los ríos, de las llanuras que se extendían hasta donde alcanzaba la vista de su ancha Castilla.

Un buen día decidió preguntarle a su madre cómo podría conseguir ese caballo blanco, dónde estaba y qué podía hacer para poder compartir tan sólo un rato con él. La madre le indicó que el caballo estaba muy cerca, tan cerca que no podría ni imaginarlo, en su mente, y que para poder acariciarlo lo único que tenía que hacer era cerrar los ojos y desearlo con fuerza.

Extrañas palabras pensó, pero decidió probar, salió a la calle y se sentó sobre un tronco, cerró con fuerzas los ojos, lo deseo muchísimo, pero el caballo no apareció, no estuvo allí, no lo sintió y unas lágrimas se deslizaron por sus mejillas y fueron a caer sobre la arena formando unos extraños círculos que desde aquel día marcaron su lugar de reflexión, de recogimiento durante el resto de su vida. Sigue leyendo