Y las vacaciones terminaron

Pues sí, las vacaciones han terminado, al menos de momento, ¿qué puedo pensar?, dos semanitas, unos cuantos días en la costa y otros pocos en Madrid, pero al fin y al cabo descansando.

Ya no recordaba la sensación de no tener dolores de espalda, de descansar plácidamente, de no tener prisa, del sabor del café a media tarde a pequeños sorbos … pero sí, es cierto, es posible descansar y desconectar de la rutina diaria de 11 meses al año.

El no ver amanecer es algo que para mi resulta extraño, el despertarse no con ayuda del despertador, sino con ayuda del sol hace que los días sean muy diferentes, pero sobre todo el despertarse sintiendo que se ha descansado lo suficiente es muy reparador.

Otro tema son los dolores de espalda, porque ¡sorpresa! de repente desaparecieron como por arte de magia, sin fisio, sin extraños ejercicios, sólo descansando y dejando las tensiones fuera. Quizás no sea tontería aprender a vivir dejando un poco las tensiones de lado, ¿aportan algo bueno? realmente no.

Y luego sumergirse en la lectura sin tener en cuenta el reloj, es una gran sensación. La lectura de estas vacaciones ha sido el número 2 de Orsai, por cierto, más flojito que el primer número, aun contando con el artículo de Escolar, que además no ha sido precisamente ni el que más me ha gustado ni el que más me ha aportado a nivel personal.

Mañana por la mañana volverá a sonar el despertador, volverán los atascos a dirigir mis primeras horas del día y será la comida fuera de casa la que regule mi flora intestinal, o como queráis llamarlo, aunque la mejor forma de describirlo es a comer mierda, porque como en casa no se come en ningún sitio.

Mañana sin embargo volveré a ver a mis compañeros y nuevos retos y objetivos se plantearán sobre la mesa, aquí tengo suerte, mi trabajo me gusta y me divierte, y como se suele decir hoy en día, encima lo tengo, así que de poco puedo quejarme y nada más puedo hacer mañana que levantarme con una gran sonrisa, muchas ganas y a por todas.

 

El pescadero que supo cambiar

Hace ya casi 10 años que me leí tumbado en una playa caribeña -mi única incursión turística digna de mención- el libro Fish, un libro que no es ninguna maravilla, una especie de libro de autoayuda sobre la motivación, pero que 10 años después ha vuelto a mi cabeza en forma de pensamientos y relaciones que no existían entonces.

Sí, la magia de algunos libros es esa, cobran un sentido especial con los años y empiezan a retumbar pensamientos que se obtuvieron entonces.

El libro tiene un pasaje en el que unos vendedores de pescado disfrutan enormemente de su trabajo lanzándose los pescados desde las cajas hasta los puestos de venta para ordenarlos, ¿una chorrada? Evidentemente el tirar pescado en si no tiene valor, pero sí tiene mucho valor el pensar en formas de hacer el trabajo que pueden hacer que el trabajo diario se convierta en algo divertido.

En aquella época, con 24 años, me pareció una escena curiosa sin más, pero por alguna razón esos pescaderos empezaron a volver a mi cabeza hace unos meses.

Por poner un ejemplo en primera persona, mi trabajo es altamente irregular en cuanto a las tareas, se pasa de las tareas más rutinarias del día a día a momentos trepidantes que pueden durar días, semanas o meses, y luego volver a decaer en el aburrido trabajo de oficina, casi sin darme cuenta.

Los momentos trepidantes suponen una subida de adrenalina impresionante que parece no tener fin, pero sí, de vez en cuando entran los baches de la monotonía, que si excel por aquí, que si power point por allá, que si charlas de la nada y el ser…

Por otro lado los momentos más emocionantes compensan sobradamente, pero por algún momento en los momentos de “bajón” muchas cosas girán por la mente.

La suerte ha hecho que lleve un tiempo con la cabeza revolucionada, con la piel de gallina muchas veces y con una gran satisfacción encima, por suerte la situación va para largo, pero no fue siempre así y no será siempre así, el valle llegará.

En los momentos de valle, de monotonía, existe el problema de caer en la desgana, sí, a todos nos puede pasar, y es ahí donde los pescaderos consiguieron dar una gran lección, no lanzaban pescado, eliminaban la monotonía.

Un pequeño cambio puede suponer un gran cambio y un momento de tensión que nos mantiene vivos, así que no hay que olvidar a esos pescaderos, nunca sabemos cuando tendremos que tirar pescado.